jueves, 30 de abril de 2015

Jack contra el Universo.

Si, lo he hecho. Definitivamente me he inscrito para realizar las oposiciones en dos comunidades autónomas, una de ellas que me coge en la otra punta de España por no decir lejos de cojones. Al menos aprovecharé para hacer un poco de turismo por nuestro país mientras voy allí para hacer los exámenes.

Aunque no me gustaría dar esta noticia sin contaros la odisea de mi última semana; porque, aunque no lo parezca, tengo destacadas razones para pensar que una fuerza oculta del universo pretende hacerme la vida imposible. Como decía aquel tipo del Gran Hermano 1 (qué mayor soy, coño): "¿Quién me pone la pierna encima" para que no pueda hacer las oposiciones? "¡¿Quién?!". Pero no lo está consiguiendo... Por eso, aunque os adelante el resultado del partido que sigue jugándose, por ahora hay un empate: Jack 2 - Universo 2, gracias a mi remontada. Menos mal que queda el trascendental segundo tiempo...

Os cuento... Domingo por la tarde. La deliciosa tarde dominical pasa sin contratiempo ni aflicción. Sobre el escritorio, los papeles y la documentación necesaria para inscribirme en las oposiciones. Los miro, ellos me miran, nos miramos. Creo que tratan de intimidarme con la mirada, pero no lo consiguen; aunque no tengo claro qué hacer, si realmente debo "arriesgarme" a rellenarlos e inscribirme en otras comunidades autónomas. Estoy dándole vueltas a todo en mi cabeza cuando, de improviso, el universo manda una subida de tensión a mi casa sobre el clavijero (no sé como se llama técnicamente ese aparato blanco con múltiples enchufes) donde tengo conectados los acoples del ordenador y el módem wifi, lanzando un chispazo como un estridente grito y todo que apaga de repente. 0-2 en apenas un segundo. El instinto asesino contra la tecnología se apodera de mi y me convierte en el Hulk contratecnológico. Tras parpadear incrédulo, compruebo las conexiones... le doy a los botones, pero nada se enciende, todo está muerto. Mando recuerdos a las madres respectivas de Alan Turing, Nikola Tesla y Bill Gates, entre otros. Lo vuelvo a conectar todo y sigue sin funcionar. Así que desenchufo el módem y lo conecto en otro enchufe, definitivamente los aparatos se han achicharado... pero no les enterraré con honores con el rito vikingo, no merecen tanto honor.

Después de concentrarme para pensar con lógica, decido que a la mañana siguiente tengo que llamar rápidamente al servicio técnico de mi compañía para que me cambien el wifi (diré simplemente que ha fallecido por causas naturales, creo que lo del universo no lo comprenderían y acabarían cobrándome algo...) y bajar el ordenador a la tienda del friki que hay bajo mi casa. Eso es exactamente lo que hago al día siguiente. A pesar de ello... entro en desesperación porque el martes por la tarde tengo que entregar un trabajo importante relacionado con las oposiciones en la academia donde me preparo. Le suplico al friki que lo arregle raudo y veloz como una centella.

El martes por la mañana me llama y me lo da. Dice que le ha cambiado la fuente de alimentación (que tiene un nombre un poco esperpéntico) y que tiene la placa base jodida. Le pregunto si funcionar funciona y dice que si.... a medias. Me da igual. Lo subo a casa corriendo y a toda velocidad acabo con el trabajo que tengo que entregar en apenas unas horas. Me centro tanto en eso que se me olvida hasta comer. Pero el esfuerzo conlleva su éxito y puedo entregarlo sin problemas. Acorto distancias: 1-2.

Ahora queda por solucionar otro problema importante... porque entre mi indecisión, la putada del universo y los dos días de esta semana de cuatro (laborables) que ya llevo perdidos, tan solo me quedan dos más para arreglar todo el tema de la inscripción en las oposiciones.

Pido ayuda a Nureb, que él sabe como funciona esto... También pensé pedirle su ayuda a Elara, porque no hay nadie mejor que ella para resolver los cuadriculados problemas burocráticos que a mi me desesperan y me agotan, pero pienso que si lleva tantos meses sin hablarme no le hará especial ilusión que le pida un favor... (lo cual es una lástima, porque yo no quiero perder el contacto) ,así que pronto elimino esta posibilidad (aunque me habría venido muy bien, la verdad). De esta forma ocupo toda la mañana en descargar, comprender y cumplimentar todos los formularios.

Sin embargo, cuando llego al banco para hacer el ingreso me dicen que esa clase de "trámites", es decir, lo que en lengua vernácula se llama "voy a meter dinero en tu banco, hombre", no se pueden hacer, ya que la política del banco (el único banco donde se puede hacer los ingresos de las tasas) no admite dichos trámites después del día 24 de cada mes... ¿Pero qué clase de tontería es esta? En fin... cosas de gente rica. Así que saco mi vena interpretativa y le suplico dramáticamente que lo haga porque sino no podré hacerlo JAMÁS, le pongo una cara tan triste que probablemente el buen hombre me imaginó viviendo bajo el puente por su culpa. Así que el tipo me lo hace... And the Oscar for best actor goes to... Jack! ¡Chúpate esa universo!

Al día siguiente se completó el círculo y el técnico de la compañía de Internet vino para comprobar que, efectivamente, el módem no funcionaba; por ello afirmó rotundamente "Esto no va, tronco". A lo que yo respondí con absoluta seriedad: "Ya ves tío, que cosas". Esto definitivamente ponía el empate 2 a 2 entre el universo y yo.

Pero el partido aún no ha acabado... así que espero no haberla liado enviando mal algún papel o poniendo mal cualquier casilla de las complicadas hojas burocráticas que tanto odio. También a ver si la fecha definitiva de exámenes es diferente y puedo hacer varios. Aunque parece que lo más difícil ha sido rellenar las solicitudes en vez de hacer las propias oposiciones... Espero que el universo no contraataque.

"Si estamos solos en el universo...
seguro que sería una terrible pérdida de espacio"
(Carl Sagan)

domingo, 26 de abril de 2015

La fuerza de la ilusión.

Como parece ser que mis "filosofadas" os gustan, os contaré la que tengo en la mente en esta madrugada de domingo. Hace ya un rato que he vuelto a casa después de salir un poco con mis amigos Nureb y Ava, y digo salir, por decir algo. La verdad es que hoy ha sido una de esas noches que mal empiezan y mal acaban... No porque haya pasado nada negativo, sino sencillamente porque parece que esta noche no será especialmente recordada; no ha tenido nada de especial. El caso es que he comprobado como cada vez la gente que sale es mucho más joven pero también más mayor, desde quinceañeros a cuarentones (o más) con el síndrome del eterno adolescente. Me ha resultado llamativo observar como, se tenga la edad que se tenga, estas personas disfrutan de la fiesta más allá de su edad, con ganas y sobre todo, con ilusión, en el buen sentido de la palabra, en la ilusión positiva que te arranca a convertir en realidad aquello que imaginas.

El otro día estaba viendo una película y alguno de los actores comentaba que es curioso como el Ser Humano se pasa la mayor parte de su tiempo esperando. Piénsalo tú... así es. Realmente nos pasamos los días esperando. Esperando trabajar. Esperando ganar dinero. Esperando comprar cosas. Esperando que se cumplan nuestros sueños. Esperando que la vida sea más fácil. De hecho, en ciertos aspectos esperando que la vida sea tan fácil que las cosas nos lleguen porque sí y no porque nos lo curramos.

Entonces ¿Por qué nos escondemos tras pantallas de ordenador o del móvil? ¿Por qué sustituimos el calor de la gente, sin tener esa valentía que nos hace capaces de hablar con un desconocido en cualquier lugar, por las redes sociales que de poco nos ayudan a relacionarnos más? ¿Por qué no somos realmente auténticos, realmente lo que queremos ser y somos, y acabamos, patéticamente diciendo sí cuando queremos decir no y diciendo no cuando queremos decir sí? Es decir, porqué aceptamos pulpo como animal de compañía cuando sabemos que no lo es.

Para aclarar lo que estoy tratando de transmitiros quiero que recordéis a esas clases de personas, como yo (porque asumo que así es), que parecemos estar carentes de ilusión. Estoy seguro que todos identificáis esa, cada vez más, habitual forma de vivir. Personas que pasamos los días sin arriesgarnos a dar nuevos pasos si no tenemos totalmente medidos los pasos y una garantía abrumadora de que la victoria sea fácil, ser capaces de escribir nuestro destino y no esperar a que se escriba solo, pero sobre todo descubrir y experimentar nuevas experiencias. Precisamente porque para esto se necesita algo que es muy importante: tener ilusión, como esas personas de cualquier discoteca, tengan la edad que tengan, que lo pasan genial sin importarles miles de pensamientos más allá de disfrutar con ganas; en definitiva, con la ilusión de vivir.

Hace algo más de una hora, mientras volvía a casa en el coche, he escuchado en la radio una canción que es muy muy muy especial para mi y que hacía años que no escuchaba, aunque me sé la letra de memoria y la considero una de mis favoritas. Era la canción que estaba sonando de fondo durante mi "primera vez". Es una canción romántica, dulce, especial y evidentemente que me evoca un hecho importante y feliz de mi vida. Escuchar esa canción a través de los altavoces del coche me ha hecho recordar, precisamente, la sensación que tenía en ese momento, del cual, aunque ya hace bastante tiempo, es imborrable. Además, me he dado cuenta que la principal diferencia del Jack de hoy con ese Jack es la ilusión que rebosaba por todos los poros de su cuerpo.

Y es justamente sobre eso lo que he estado pensando a lo largo de la última semana, que me he recluido en mi rutina diaria y en mi mismo para tratar de aclararme un poco. Aprovecho para disculparme ante todos por esta breve ausencia (me pondré al día con vuestros blogs lo antes posible). Quizás sea por la clásica pájara cíclica que sufre el opositor de vez en cuando, porque el nerviosismo comienza a aflorar con fuerza o porque no logro poner orden en mi vida por mucho que lo intente.

Os cuento esto porque el tema de las oposiciones me ha hecho replantearme la idea de irme fuera de mi comunidad. Sueño con que me toque trabajar en un pueblo tranquilo, donde lleva una vida sencilla. Eso supondría alejarme de todo, de mi familia, amigos, mi querida tierra y convertir muchos pensamientos en recuerdos. Comenzaría una nueva vida en un lugar nuevo e incierto, por descubrir. Podría ilusionarme de nuevo, come zar el juego desde cero. Por una parte me encanta esta idea. Creo que estoy dispuesto a presentarme en las oposiciones en otras comunidades autónomas y probar suerte. Sin embargo, también os reconozco que por otra parte me aterra hacerlo.

Ahora sí que me gustaría escuchar vuestras opiniones al respecto sobre esta cuestión, a la que no dejo de dar vueltas últimamente, porque podría ser la meta definitiva para este "último año de mi pasado". Por eso, si habéis vivido o conocéis una situación similar, estaré encantado de conocer vuestras impresiones. Si no es así, pero queréis dar vuestra opinión, también estaré encantado de leerla.

Después de esto, volvemos al principio: la ilusión. Sin ella no somos nadie, nada más que sombras en un mundo ya de por si oscuro, vagando sin rumbo en busca de señales que nos guíen como pequeños destellos de luz que pasan fugazmente a nuestro alrededor. Por eso estoy haciendo un gran balance de lo que quiero para mi, suena egoísta y lo es, pero necesito redescubrir en mi interior qué es lo que me ilusiona, para ir a por ello y conseguirlo. Quiero apostar por mi y ganar. Después de todo, hay que aprender a volar con las propias alas.

Alis volat propriis.

jueves, 16 de abril de 2015

En la oscuridad.

Un capítulo más... Venga Jack, otro más; tan sólo un capítulo más por hoy... Ya son las dos de la madrugada y no tengo sueño. Sé que no es porque no esté cansado, que lo estoy, sino porque hay días que siento que no quiero que lleguen. El paso del tiempo; esa sensación vacía, carente de sentido ante un futuro incierto. Todos tenemos estas noches de vez en cuando. Personalmente, este año quería dejarlo todo atrás, que fuese el último año de mi pasado; pero el pasado corre más que yo y parece que siempre me vuelve a adelantar. Las oposiciones, cada día me dan un disgusto nuevo, el destino siempre quiere jugar al gato y al ratón conmigo y ponermelo difícil cuando sólo busco un futuro; realmente tampoco pido mucho. Sin embargo, los requisitos y las pruebas son cada vez más y más largos, lo que me suponen más y más tiempo (de mi vida), seguir estudiando más y más, invirtiendo más y más dinero, y porque no decirlo, sin la seguridad de saber si servirá de algo. Quizás un día me canse del todo y me vaya a buscar el pueblo más recóndito de Extremadura para vivir allí una vida lejos de todos los problemas de la sociedad actual (y en particular la juventud), y ya de paso, del pasado y el presente, que a veces me parecen que me impiden avanzar. Supongo que todo esto son sentimientos que me estallan de madrugada en una noche cualquiera de abril, este mismo abril que me está dando alegrías y también penas ¿Cuándo inventará la ciencia una fórmula para saber cuándo podemos causar y sentir dolor? Será que es inevitable, porque la vida, como este día, tiene su tiempo iluminado por el sol y su momento de oscuridad. Cuando el pasado se acerca tanto, no puedo dejar de pensar las muchas oportunidades que habré desaprovechado para estar mejor de lo que estoy ahora, y de lo fácil que es a veces hacer las cosas mal, cuando hasta el más tonto tiene lo que quiere. Pero bueno, ni perdido en la soledad oscura de esta noche de abril voy a perder mi optimismo habitual, más ahora que me empiezo a sentir mejor aunque haya días grises como hoy. Porque como dije a alguien especial hace poco, hasta la luz más tenue brilla con fuerza en la oscuridad. Buenas noches.


domingo, 5 de abril de 2015

Primer contacto.

Anoche salí. Hacía tiempo que no salía con los amigos/as de fiesta, pero, tras escaquearme durante semanas, esta vez no pude decir que no (es más, me tocó conducir; por hablar...); parece que por fin me convencieron para salir. Sin embargo, fue una noche de pensar sagazmente, ya que ocurrieron extrañas y singulares aventuras. Bueno, igual lo estoy adornando mucho... pero medité sobre la hazaña de salir de fiesta y las singulares características del cortejo nocturno, y porqué no decirlo, también el cortejo alcohólico-nocturno. Porque si hay algo seguro, es que cada noche es diferente.

Ya que me han sentado bien un par de días de descanso, incluida las risas por esta salida nocturna de anoche y, aprovechando que hoy es, llamarme friki, el Día Internacional de Star Trek (o día del Primer Contacto), voy a tratar de explicarlo todo a través de gifs de esta serie y con humor; que siempre está bien tomarse las cosas con una sonrisa ¿verdad?


Parte primera: la situación.

Después de aparcar en el centro, lo que ya en sí supone una odisea propia, nos dirigimos hacia los locales de fiesta. Llegados a este punto, conocemos la dirección pero siempre hay alguien que pregunta "¿Y ahora donde vamos?" Nadie sabe responder a eso. Total, que acabamos en el mismo sitio de siempre. Es un local con música moderna indie, pop y tal, vamos, que un sitio en el que no vas a morirte escuchando reaggetón o electrolatino (que tiene nombre de superhéroe de la Marvel) o pumba-pumba.

Al entrar allí vi a un montón de chicas. Estos sitios modernos están llenos de chicas guapas con estilo que bailan con más o menos gracia en el espacio que les permite los 50 centímetros cuadrados de espacio vital con el que contamos cada uno (bailar bien en ese espacio tan pequeño es digno de admirar).

Lo primero que todo Ser Humano hace al entrar a uno de estos sitios llenos de gente joven y guapa es plantearse una serie de asombrosas expectativas para la noche, que aumentan o decrecen conforme se acerca el momento de conquistar tus 50 centímetros de espacio vital, la cantidad de alcohol que lleves en sangre y multitud de otros factores... Más o menos, en el caso de un hombre, las expectativas se reducen a ésto:

Y con un chasquido mágico... ¡Pum! ¡Dos mujeres para ti solo!
No obstante, la realidad es bien diferente. Ahora si que hablo en base a mi experiencia personal cuando digo que si alguna chica "interesante" se me queda mirando o yo a ella, mi forma de "romper el hielo" en esa situación es algo así...

¿Cómo va eso...?
Bueno, ya está hecho lo más difícil. Ahora esa piensa que soy gilipollas, y por tanto, solo puedo mejorar mi imagen (peor no lo puedo hacer, ¿verdad?). Esta idea forma parte de mi filosofía personal. Continúo hablando con mis amigos/as, con una cerveza en la mano y tratando de moverme lo más hábilmente entre el diminuto hueco que me da la pared y el tipo grande de la camiseta sudada que tengo delante.


Segunda parte: la acción.

Me acerco a una amiga y le digo:
 - Oye... esa es guapa ¿no crees?
- ¿Quién? ¿La morena que está apoyada en la columna, borracha como una cuba?
- No... Esa no ¡Esa!
- ¡Eso es un tío!
- ¡Qué no hostia! ¡Esa! ¡ESA!
Ya están todos mis amigos del grupo siguiendo la conversación y persiguen con la mirada mi dedo señalando hacia el infinito. Entonces exclaman:
- Ahhhhh...

¿Pero qué pasa? ¡Decidme cabrones!
- Verás... no es de tu "estilo" -afirman con rotundidad-
- ¿Como que no? ¿Cuál es mi estilo?
- No sé Jack... te conozco... y no te veo con una chica con los brazos llenos de tatuajes y el pelo naranja.
- ¡No lo tiene naranja! ¡Eso es un foco!
- ¿Qué no? Fíjate bien; lo tiene naranja y bien naranja...
- Oh... pues si... -efectivamente tenía el pelo del mismo color que las bombonas de butano-.

¡Me rindo!
Para mayor gloria propia, el tío de la camiseta sudada, que se ha enterado de toda la conversación me mira de reojo y hace un gesto más o menos así:

Rostro de "pues a mi tampoco me gusta para ti".


Tercera parte: la reacción.

Después de mi retirada táctica tras el intento de demostrar a mis amigos/as que, a pesar de estar soltero y de la ruptura con Elara, aún me siento atraído por el género femenino. Me aferro a mi segunda cerveza y me centro en bailar con miedo de no tocar al "nuevo amigo" de la camiseta sudada. Al rato, mis amigos, contraatacan y me dicen, en voz baja (como si nos fuese a escuchar el local entero):

- Pssss... ¡Jack! ¡Mira! ¡Esa te está mirando!
- ¿Quién? ¿La borracha de la columna?
- Ojalá... pero no. Del grupo que están a su izquierda, la morena, la más alta.
- Pues no está mal... y tiene el pelo de un color normal.
- ¡Va, acércate y demuestra que estás de nuevo en el "mercado"!
- Paso.
- No me jodas...
- ¡No insistas! ¡He dicho que paso!

Comienza así un animado diálogo entre mis amigos para establecer un plan estratégico de ataque a la morena, que yo no tengo intención de llevar a cabo. Como he hablado antes, aquí entra en juego de la fantasía que a mis amigos/as les encanta, mientras yo tardo poco en cansarme de seguirles el juego (porque con tanto cachondeo al final se lo acaban creyendo de verdad). De improviso, la morena alta y una amiga están al lado y se me presentan. Al final quien rompe el hielo no soy yo, ni la morena, ¡es la amiga! Verla fue algo así...

¡Hola! Me llamo P.
Vale... lo siento; quizás he exagerado un poco con ésto; pero aquí quien cuenta la historia soy yo y quería poner ese gif de cualquier forma. Era una chica morena y bajita, de grandes ojos marrones y vestida de negro (al menos yo la recuerdo así). Ambos actuamos con naturalidad y educación. Nos pusimos a hablar un poco bajo la atenta mirada de mis amigos/as, la alta morena que progresivamente iba haciéndose para atrás para alejarse y volver a su grupo y el tipo de al lado... Sin embargo, a pesar de la amabilidad y la cordialidad con la que ambos habíamos comenzado la conversación (preguntándonos lo típico de siempre: como te llamas, a qué te dedicas y todo eso), pronto comencé a sentir esa sensación incómoda de una conversación que sabes que no llega a ninguna parte. No había feeling, ni química, ni nada (al menos por mi parte... por la suya no lo sé...). Por eso acaba hablando ella, mientras yo asiento de esta forma:

¡No me digas! ¡Qué interesante!
Claro... con lo tímido y correcto que soy nunca logro abandonar estas situaciones, que se producen en muchos más ámbitos de la vida diaria más allá de  un pub el sábado por la noche. Menos mal que tengo una paciencia (casi) infinita. Por tanto, la conversación sigue y sigue hasta el punto en que se agota. Es entonces cuando se produce el incómodo momento de...

Bueno... ¿y ahora qué hago?
Después de un "Me alegro de haber hablado contigo Jack", una sonrisa y un beso de despedida, P. se retira con dignidad (pues hay que reconocer que le echó huevos, y eso siempre es digno de admirar), volviendo con su grupo de amigas. Mientras tanto, yo, permanezco impasible, paralizado ante lo que acaba de ocurrir, aunque rápidamente mis amigos/as se acercan a mi...

¡¿Qué ha dicho?! ¡¿Qué ha dicho?!
- Nada... Me ha hablado de ella. Que trabaja en una clínica dental, que no suele venir mucho por aquí porque es de...
- ¡Vale! ¡Vale! ¿Pero y qué tal?
- ¿Qué tal de qué?
- Pues eso... que qué tal.
- Nada...
- Mira, al menos "ya" has ligado esta noche. -Pienso: ¿Qué queréis decir con "ya"?-
- Si, "ya"... hurra... vamos a celebrarlo...

Uy... si... ¡Toma ya! (Sarcasmo)


Cuarta parte: las consecuencias.

Después de pasar buena parte de la noche allí, poco antes de que vayan a cerrar el local comenzamos a decir que es hora de volver a casa. Es curioso como todo el mundo se da cuenta que es hora retirarse a dormir pero nadie se mueve... Aún tardamos un rato en irnos con el rollo de "Esta canción me gusta" o "Espera que me acabe la copa". Total, que tentando a la suerte, P. vuelve a acercarse... (esta vez sin escolta ni nada... ¡Joder! ¡Cómo admiro a esta mujer!).

Yo me acojono... porqué negarlo.
Pero no pasa nada excepcional. El gif de antes es una exageración, aunque involuntariamente se piense. Me dice que ellas ya se van porque aún tienen que volver a su pueblo. Le doy dos besos e intercambiamos algunas palabras más. La verdad es que lo hacemos de un modo muy cordial... y aunque la chica no me interese, reconozco que da gusto conocer a gente así. Es infinitamente mejor eso que las personas cansinas que no entienden conceptos tan básicos como educación o respeto y que parece que no se dan por vencidos por nada (o que no se enteran de nada). Más vale cortesía y educación que hacerse el cansino, o algo peor... que en el caso de P. me imagino que hubiese sido algo así:

¡Apiádate de mi, que soy opositor!
Al poco rato de irse P., nosotros nos vamos también. Entonces Nuerb, mi amigo de toda la vida, me mira viendo que ha logrado sacarme de fiesta después de tanto tiempo y que lo he pasado muy bien. Aunque yo también lo animé a salir a él, no creáis que él tampoco es muy fiestero... Desde luego nos hemos reído (no de P., sino de la noche en general), nos miramos y consolidamos nuestros mutuos pensamientos sin necesidad de decir ni una sola palabra.

Pues ha estado bien la noche... si.


Conclusión.

Definitivamente salir y descansar un poco estos días de Semana Santa me ha venido bien. Ya no solo por liberar tensión de las oposiciones, sino porque poco a poco, con la llegada de la primavera, vuelvo a coger ilusión y a recargar las baterías. Tengo ganas de hacer más y más cosas y salir de mi reclusión, disfrutando con los pequeños momentos de la vida, porque como ya he dicho en otras ocasiones, de todo se sale, y si es con una sonrisa, mejor. Por eso hoy me he ido a comer a la playa, creo que era la forma perfecta de cerrar mi Semana Santa particular.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Lo que la primavera trae consigo.

A lo largo de la última semana he tratado de mejorar ese ánimo que os comentaba en mi anterior entrada. La verdad es que no me ha resultado difícil, no por mi, sino porque a veces, igual que todo sale mal, puede comenzar a salir bien. Puede que sea demasiado optimista, pero lo que quiero decir es que el blanco y el negro nunca duran para siempre.

Aunque la primavera llega cubierta por un tenue manto de cielo gris, de vez en cuando el sol sale entre las nubes, y lo hace con fuerza. El invierno se está quedando atrás y realmente estamos en el primer escalón del buen tiempo. El sol del verano (decir esta frase ahora queda muy Rita Barberá, pero yo la acuñé antes... y sobrio) se acerca a nuestra piel, ya casi podemos presentirlo. Por eso, alguna valiente y bella flor morada comienza a surgir de su letargo invernal. Y es que este año me he propuesto disfrutar más de las pequeñas (grandes) cosas, porque precisamente son esas cosas las que nos hacen hacen valorar los momentos antes de que se conviertan en recuerdos de pequeños momentos que no vuelven jamás.

"Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla" (Confucio)
[Fotografía Copyright by Jack©] 

Anímicamente me encuentro mejor. Creo que todos aguantamos estas situaciones, pero a veces el cuerpo y la mente nos dice basta, tropezamos, lo superamos y nos levantamos de nuevo; porque la vida sigue, el mundo nunca deja de girar. Sin embargo tengo que llevar cuidado, el corazón y la cabeza deben estar en forma para cualquier imprevisto.

Con las oposiciones sigo igual de agobiado. Los que están en mi misma situación sabrán que es realmente difícil olvidarse de el temario aunque sea por un rato o un día. Siempre está ahí, circulando por la mente como un fantasma que no te deja dormir. Sin embargo, trato de aprovechar mis días lo máximo que puedo e irme a dormir sabiendo, que he hecho lo que tenía que hacer... aunque siempre se pueda hacer más, lo importante es no hacer menos. Tengo dividido el trabajo de las oposiciones en semanas, con unos objetivos concretos. De esta forma, si un día no estoy muy inspirado, puedo recuperarlo otro día. Considero que es una buena forma de enfrentarse a este reto.

A pesar de las oposiciones, trato de salir del "opozulo" donde paso la mayor parte de mis días. Por eso, la rutina de ir al gimnasio me viene genial para desconectar en la medida de lo posible, poniéndome los auriculares y disfrutando de mi música mientras hago ejercicio (¿Soy el único que piensa que la música de los gimnasios es lo peor?). Precisamente esta mañana, tras darme una buena paliza de gimnasio, me he quedado mirándome un momento en uno de los espejos que hay allí. No soy hedonista, nunca lo he sido; más bien lo contrario, asutero y prudente; pero si me permitís, voy a hacerme un homenaje fotográfico (porque yo lo valgo). Me he visto reflejado y no he podido evitar fijarme en como la decisión de apuntarme al gimnasio tras dejarlo con Elara está cambiando mi cuerpo; las venas se me marcan más en los brazos, los pectorales en mi camiseta azul y los gemelos más hinchados de hacer bici (lo que más me gusta del gimnasio, ya lo he dicho otras veces). Además, aunque el gimnasio sigue sin ser la pasión de mi vida, si que me hace sentir mejor y como rutina es agradable.

"Mens sana in corpore sano" (Décimo Julio Juvenal)
[Fotografía Copyright by Jack©]

Sin embargo tengo que manifestar que la fauna que hay por el gimnasio, exceptuando algunos pocos, son la gente más extraña que he visto en mucho tiempo. Desde señores mayores con mallas ajustadas, más señores mayores exhibicionistas en el vestuario, hasta los chavales tirillas que levantan una pesa y luego están cinco minutos con el móvil. Es lo que tiene ir a un gimnasio de barrio, está lleno de gente de barrio. Pero me quedo con dos casos muy concretos. El primero es el dueño del gimnasio, quien, después de escaquearme más de dos meses de él, finalmente me hizo un "entrenamiento personalizado". Por la cantidad de ejercicios y repeticiones que me ha puesto, ese entrenamiento no lo hace ni Rambo. Os juro que no sé de que va este hombre... Supongo que trata de vender su producto, pero también debe darse cuenta que soy una persona inteligente y no me va a convertir en un flipado de gimnasio. Más cuando nunca estoy más de una hora porque tengo muchas cosas que hacer, como estudiar las oposiciones. El segundo caso es más esperpéntico. Se trata de un chico que tendrá mi edad pero va vestido como un rapero del barrio de Harlem de Nueva York, con gorra, camiseta de tirantes con colores estridentes y pantalón corto de los años 80 (esos con los que prácticamente se te ve el culo). Siempre me está hablando, sobre cosas ni siquiera comprendo (se ve que no estoy en la onda, tronco). En el gimnasio le tolero, no tengo más remedio; pero en el vestuario resulta incómodo que se plante delante mío (mientras estoy cambiándome sentado en el banco), desnudo y con su pene a pocos centímetros de mi cara. Menos mal que tengo una paciencia infinita y me lo tomo con humor, que sino, escribía un libro sobre la gente tan extraña de mi gimnasio (o le gritaba que no soy del Real Madrid, a ver si deja de darme la brasa).

Mi siguiente propósito es salir más. Quiero mucho a este escritorio y este ordenador en el que ahora tecleo, pasamos mucho tiempo juntos. Pero como me ocurre con el gimnasio, debo salir con mis amigos. Nureb y Ava siempre procuran sacarme de casa, cuando logran convencerme y me obligan a ello. Salir, despejarme, bailar y reír, eso siempre hace falta. Pasear por el puerto durante una noche cualquiera, mirar al mar y sentirme liberado bajo las estrellas.

Pero no puedo acabar este relato sin hablar de Mirada. La conozco desde hace poco y por casualidad. Una de esas pequeñas (grandes) casualidades que antes os contaba que pasan de vez en cuando. Tiene una calidez especial que me agita, lo que hace automáticamente que mire hacia delante y no hacia atrás. Ella se encuentra en una situación muy similar a mí, por eso, en poco tiempo, hemos logrado darnos un empujoncito mutuo para tratar de superar nuestras respectivas rupturas. Noto como gracias a ella estoy rompiendo los últimos lazos que me unían al Elara y ella hace lo mismo. Además, he sentido que cuando nos encontramos mal, necesitamos alguien que esté ahí, que nos comprenda para cogernos de la mano y dar un salto hacía delante. Decir que todo va a salir bien no es suficiente.

También he de reconocer que su dulce mirada ha despertado en mi sensaciones que hace tiempo creía dormidas. Porque a veces una mirada lo dice todo y eso es más de lo que puedo pedir. Gracias a ella estoy cortando los últimos cabos del pasado, porque me he dado cuenta que hay mucho por vivir, descubrir y sobre todo sentir. Poco a poco voy saliendo de la Estación del Olvido.... porque hasta el volcán más dormido puede volver a entrar en erupción ¿verdad? Quiero decir que cuando menos te lo esperas, te puedes llevar una grata sorpresa.

Por eso creo que la primavera ha llegado cargada de entusiasmo (espero). Continúo con paso firme en la difícil senda de las oposiciones, esperando conseguir mi sueño, sabiendo que no estoy solo en el mundo (gracias a mi familia, amigos y conocidos), manteniendo la rutina del gimnasio que me hace sentir bien (y reírme, para que negarlo). Ahora me queda salir al mundo y volver a integrarme en él, porque la primavera brota de nuevo.

No cierres esos ojos, que tienen la luz que me falta.

lunes, 16 de marzo de 2015

Perdido en mi habitación.

En la entrada anterior os hablé del tiempo, de como fluye, pasa inquebrantablemente, sin freno; y como yo, insignificante dentro este gran mundo repleto de gente, trato de asumirlo y de aprender, en la medida de lo posible, de toda la sabiduría que aporta el paso del tiempo.

Últimamente no me encuentro bien, lo sé. No quiero asumirlo porque trato de no preocuparme a mi mismo. Soy de esas personas que no pueden disimular el estado de ánimo. Por eso a lo largo de mis días, trato de pensar en otras cosas; procuro distraerme con cualquier cosa: leyendo, estudiando para las oposiciones, yendo al gimnasio. Me sabe mal que se me note y sobre todo, lo que más me preocupa es que otras personas lo noten, en particular mi familia. No quiero preocupar a mi madre, ella ya tiene suficientes preocupaciones como para darle más. Pero no sé si puedo seguir mucho más tiempo así.

¿Por qué? Por todo. Las oposiciones son una dura prueba. A veces desearía que los días tuvieran 36 horas en vez de 24 para poder hacer estudiar todo lo que quiero. Pero sólo tienen las horas que tienen. Pienso que no aprovecho de todo el tiempo que tengo, está claro que podría ser mucho más disciplinado, dedicarle más horas, buena parte quitándoselo a otras actividades. También me influye el estado anímico, cada vez más rasgado por la acción de las olas que no para de golpearme. Los recuerdos también me asaltan por las noches, en mis sueños, cuando más indefenso estoy. Todo este cóctel de cosas provocan que llegue a pensar que me pasa algo físico, que estoy enfermo por cualquier síntoma que pueda padecer, y me haga considerar, que debo compadecerme de mi.

Lo paradójico de todo esto es que, en realidad apenas disfruto del tiempo libre. Es más, creo que no "me dejo" tiempo libre. A lo largo de la semana procuro pensar como disfrutar del tiempo, pero luego no me apetece hacer nada. Aunque vivo en este gran mundo repleto de gente, no puedo evitar sentirme solo, como ahora, un domingo... bueno, lunes ya, de madrugada; sentado delante del ordenador sin poder dormir porque sé que mañana empezará otra semana y la rueda volverá a girar. Realmente me siento "seguro" en casa y no me apetece salir, conocer gente nueva, salir de fiesta o el sexo. No es que me esté haciendo antisocial, sino que estoy pasando por un momento en el que quiero estar solo. Claro que también puede también que esté solo y trate de adaptarme a pesar de que no quiero estar solo (como veis soy un hombre que valora todas las posibilidades).

Aunque hace tiempo que no escribo sobre Elara, de quien asumo que nació este blog, ella sigue estando ahí; no se marcha. Aunque ya no fragmenta mi alma y su recuerdo no me atormenta, es inevitable que su recuerdo me acompañe como ese incómodo fantasma que no quiere dejarme. No pasa un día sin que piense en ella, sin que eche de menos, no a ella, sino a su recuerdo, porque ella hace tiempo que abrió la puerta y se fue de mi vida.

En estos momentos echo de menos la seguridad que te ofrece saber que hay alguien pensando en ti. de coger el móvil y contar lo que siento mientras me escuchan atentamente. Saber que hay alguien ahí fuera. Está claro que la gente que me conoce pensará de vez en cuando en mi (digo yo); pero no me refiero a ese pensamiento, sino al que supone que una persona te ame. Esa sensación de cálida seguridad, de saber que te puedes enfrentar a todo... de las ganas de vivir.

Pero ahora no estoy así. Como un astronauta perdido en el espacio, viajo, sin saber muy bien a dónde, con la única compañía de mis libros, apuntes y un ordenador; mientras busco, como cualquier explorador que se precie, un paraíso para mi.

No obstante, me estoy dando cuenta, conforme tecleo las letras de este texto en mi ordenador, que peco de egoísta, de desdichado. Escribo esto para que lo leas, mientras te digo que me siento solo ¿Qué paradoja verdad? Supongo que por eso la soledad es tan puta, porque sencillamente se trata de algo que me impongo, que me creo, para protegerme o para sentirme seguro dentro de este pequeño mundo que no va más allá de las paredes de la habitación. De esta forma dejo de teclear, suspiro y miro al techo. Luego pienso que es hora de apagar el ordenador, de dormir un poco y dejar atrás este domingo, porque mañana es lunes y el juego comienza de nuevo. Es hora de saltar por encima de esas sensaciones que me hacen sentir mal y ponerme en pié (o el pijama), porque ningún traspiés dura eternamente.

A veces estoy solo y nadie me acompaña.

lunes, 9 de marzo de 2015

37:75

Todos los días, muy cerca de mi casa, paso por debajo de un reloj digital de estos que tienen los números apuntando a la calle en un cartel de propaganda, donde los números son rojos sobre el fondo negro. Este reloj tiene la particularidad de estar siempre marcando la misma hora, como el reloj de Hill Valley en la saga de Regreso al Futuro, aunque parece ser que en este caso se debe más al abandono del dueño que a un mítico rayo que cayó sobre él. Sea como fuere, el caso es que siempre que paso por allí no puedo evitar mirarlo y ver que continua marcando la misma hora de siempre, las 37:75.

Es curioso como cada día, llueva, nieve, haga frío o calor, sea mañana o hace diez años, continuo mirando ese reloj día tras día, para ver como marca la misma hora. Parece que el tiempo pasa para todo el universo menos para ese marcador. El otro día pensé que si tuviera ojos, habría visto mi evolución el los últimos diez años, que no son poco tiempo. Hace tanto tiempo mi vida era completamente diferente, como supongo que lo será dentro de otros diez años. Yo vivía resignado a una vida mezquina; era una persona conformista y carente de madurez para afrontar los cambios que estaban desarrollando en mi vida.

Por suerte, a base de malas experiencias, aprendí más de lo que nunca he aprendido y pude superar todo eso. Por desgracia, de lo malo es cuando más se aprende ¿verdad? Así que pude superar la ruptura con mi primer gran amor (dicen que el primer amor es el más verdadero, aunque yo no lo creo), y aunque mis días se pasaban con una rutina tediosa en un trabajo mezquino, también me di cuenta que eso no era lo que quería hacer toda la vida, quería cumplir mis sueños, volver a estudiar y alcanzar mis metas.

Diez años después, conseguí esas metas que me marqué. Fui uno de los mejores de mi promoción en la universidad. Soy una persona infinitamente más madura, sabia y sobre todo equilibrada de lo que era cuando el reloj comenzó a marcar las 37:75. Aunque... aún me queda mucho por aprender.

Pero esto también deja claro que el tiempo no se para. No deja de pasar. Hay una frase que me encanta y que dice: "el tiempo es la hoguera donde nos quemamos". Tiene razón. El día de hoy no volverá jamás, y aunque sea un tópico decir esto, hay que aprovechar cada día como si fuera el último... bueno, tal vez como su fuera el último no, que sino no nos daría la cartera para champán y caviar, pero si procuro acostarme con la sensación y satisfacción de haber aprovechado el día que he vivido.

Ahora bien, como el tiempo no se para, siempre avanza inexorablemente hacia el abismo. La única constante de la vida es la muerte, por tétrico que pueda sonar. Es por ello que, después de cumplir los 30 me he dado cuenta que ya jamás volveré a ser un veinteañero. Por eso, ahora no necesito tanto tiempo para madurar y aprender. Ahora los cambios se producen con más rapidez y estoy dispuesto a aprovechar las ventajas de estar vivo y de esas pequeñas y frescas casualidades con que la vida nos salpica de vez en cuando.

Siguiendo la estela de más frases sobre el tiempo, el magnífico poeta romano Virgilio dice que "el tiempo se va para no volver" (Fugit irreparabile tempus). Mientras que el filósofo y político romano Séneca decía que "la vida es como una leyenda; no importa que sea larga, sino que esté bien narrada". Desde luego el inevitable paso del tiempo es uno de los conceptos que más dan que pensar. Aunque esto del tiempo también depende mucho del cristal con que se mira, porque la duración de un minuto puede depender de cuanto tarde en salir del aseo el que está dentro cuando te mueres por entrar.

Por eso aunque el tiempo pase, hay que mantener fijas las buenas horas, como el reloj que siempre marca las 37:75, y que espera, impasible, que algún día se dignen a arreglarlo poniéndolo en hora. Aunque eso también, quitaría parte del encanto de esa calle de mi barrio. Pero el tiempo es así, sólo cambio, como el invierno que ya nos deja para dejar paso a la primavera.

Oh! Fugit irreparabile tempus...

Aquí están los resultados de la encuesta enero-febrero ¿Qué es lo que más valoráis de una persona?, de mayor a menor número de votos:

  1. Su forma de pensar y de ser. (66%)
  2. Sinceridad. (55%)
  3. Empatía y que genere seguridad. (55%)
  4. Cariñoso/a. (55%)
  5. Honesto/a y auténtico/a. (50%)
  6. Sensibilidad. (50%)
  7. Comprometido/a. (50%)
  8. Divertido. (44%)
  9. Independiente. (44%)
  10. Optimista, generoso/a y amable. (44%)
  11. Saber escuchar. (44%)
  12. Sencillez. (33%)
  13. Reflexivo/a. (33%)
  14. Simpatía. (33%)
  15. Que haya conexión sexual. (27%)
  16. Un punto de locura. (16%)
  17. Su atractivo físico. (11%)
  18. Hablador/a. (11%)
  19. Sus logros personales. (5%)
  20. Ambición. (5%)
(Acepto sugerencias para una nueva encuesta, sobre cualquier cosa general o personal mía que queráis)

viernes, 27 de febrero de 2015

Caballo blanco a alfil negro.

Hace algo más de una semana mi amigo Melo me dijo que había visto un reportaje sobre el ajedrez en la televisión y le había "molado" (no dejo de sorprenderme de lo feliz que es la gente de descubrir cosas que ya están descubiertas desde hace siglos, pero bueno... cada uno a lo suyo). Total, que me pidió (estaba super-emocionado) que jugásemos algún día. Esto no es fácil, porque a lo sumo nos vemos un par de veces al mes y solemos estar con otros amigos. Además él es de un pueblo y yo de otro y nuestros horarios apenas coinciden. De ese modo le propuse la idea de jugar al ajedrez a distancia. Maldito el momento. Creo que ya he dicho alguna vez la frase que me suele repetir mi madre: -Nene, de tan bueno que eres, eres tonto-. Continuo con la explicación. El ajedrez a distancia es tremendamente sencillo, él tiene un tablero en su casa y yo en la mía y vamos diciéndonos las jugadas. La única regla que hemos establecido es que se tiene que hacer, al menos, un movimiento al día.

Yo ya había jugado al ajedrez en mis tiempos mozos. Supongo que en aquellos tiernos años de mi vida de adolescente que en vez de dedicarme a tontear con chicas o jugar a la Play Station; leía, soñaba y hacía el atontado la mayor parte del día. Las chicas y los videojuegos no me interesaban; lo primero porque aún no había vencido mi natural timidez y lo segundo porque nunca he tenido una videoconsola. Ahora me alegro muchísimo de que mis padres me hicieran jugar en el parque con otros niños antes que ver dibujos en la tele y comprarme vicioconsolas, aunque si lo hubieran hecho quizás en la adolescencia no habría pasado por un perro verde que no sabe de que va Bola de Dragón (actualmente continuo sin saberlo apenas). Parece ser que por el hecho de tener los genitales por fuera es inevitable ver esa serie de dibujos. Aunque, también parece ser que es inevitable que las nuevas tecnologías terminen formando parte de la infancia del siglo XXI.

De esta forma comencé a jugar con desgana la partida al ajedrez, sin prestarle apenas atención. Será porque últimamente estoy muy liado con las oposiciones y preparando el regalo para mi hermano (un álbum con fotos de toda su vida, que está suponiendo un gran trabajo, además del coñazo que supone que toda mi familia me pregunte cada dos por tres como lo llevo). Sin embargo esta noche, después de estar todo el día estudiando y sin ganas de ver, siquiera, un capítulo de alguna serie o una peli antes de dormir, me quedé mirando el tablero de ajedrez. En mi cabeza comenzaron a surgir jugadas, movimientos, tácticas... pero al cabo de unos minutos cogí el tablero y le di la vuelta. Quería verlo desde su perspectiva, analizar sus movimientos. Fue entonces cuando me di cuenta que había realizado los primeros movimientos como una máquina automatizada, a lo "clásico", con algunos peones por el centro y los caballos... Si miras el tablero parece que las blancas, es decir, yo, tienen ventaja. Sin embargo, me puse a analizar sus piezas y sus movimientos y me di cuenta que estaba totalmente equivocado, me tiene cogido por los huevos.

Paradojas de la vida, una persona sin experiencia en ésto, emocionada con el ajedrez después de descubrirlo a través de un reportaje de televisión, pero eso si, con más tiempo libre que yo, para que negarlo, me ha tomado ventaja en apenas cinco o seis movimientos, aunque parezca lo contrario. Sus movimientos han sido pensados, reflexionados, analizados, pensando en cubrirse unas piezas a las otras, midiendo cada casilla de avance... Sin embargo yo he jugado sin darle importancia.

Esto me ha dado que pensar. No sólo porque quiero que arreglar la situación de la partida, sino por algunas cosas que se pueden derivar del ajedrez a la vida:
  • Primero: A veces nos movemos sin pensar a donde vamos, que queremos hacer o cual es el plan. Vivir alomecagoendiez está muy bien. Carpe Diem, libre como un pajarillo; pero la realidad es otra. En la vida también hay que mover las piezas pensando.
  • Segundo: Siempre tienes a un rival delante, nunca juegas solo. Por tanto, inevitablemente, "lo de fuera" te influye.
  • Tercero: No subestimes a nadie.
  • Cuarto: Si te descuidas, te pierdes la jugada.
  • Quinto: Y si te descuidas aún más te pierdes la partida de la vida.
  • Sexto: Pase lo que pase, siempre puedes sacrificar a un peón (o arriesgar más) para cazar una pieza mayor, si la jugada lo merece, porque es inevitable ir perdiendo piezas conforme avanza la partida.
  • Séptimo: En la vida, como en el ajedrez, no son más importantes aquellos momentos en los que estás moviendo una figura, sino cuando disfrutas viendo que tus piezas están puestas exactamente donde quieres que estén.
  • Octavo: Redescubrir y emocionarse de nuevo, por cosas que has visto en un reportaje de televisión, no tiene nada de malo.

Creo que al final me encomendaré al movimiento de mis queridos caballos y sobre todo de la reina, que será la encargada de salvarle el culo a su marido, el rey, y por ende mi honor. Aunque puede que no... También hay que aceptar la derrota.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Esperando en la estación del olvido.

Estoy en un andén gris. No hay nadie allí. Miro a un lado a otro, donde la lejana bruma difumina el final de las vías. Entro en la estación abriendo la puerta de un empujón. Con sólo echar un vistazo veo que aquí se encuentra un variado número de personajes. Algunos me miran, otros no. No les presto mucha atención. Ando unos pasos hasta que me coloco en el centro de la estación sin saber bien hacia donde voy, cuando una señora con un gato entre las manos me dice:

- ¿A dónde vas chico?
- ¿Perdone? -respondo sorprendido-.
- ¿Qué a dónde vas chico? ¿Qué haces aquí? -Se acomoda en la silla-.
- Pues no tengo ni idea...
- ¿No sabes qué tren tomar?
El gato de Cheshire interrumpe la conversación y exclama: -Eso depende en gran medida de a dónde quieras llegar-.
- No me preocupa mucho con tal de salir de aquí y llegar a un sitio mejor.
- En ese caso, poco importa el tren que tomar ¿no? -replicó el gato-.

Continuo caminando por la estación. Dejo atrás a la señora y al gato de Cheshire. Apenas avanzo unos cuantos metros hasta alcanzar la puerta. Está cerrada. Miro por la ventana y observo que fuera tan sólo hay un paisaje monótono y triste. Me vuelvo a girar hacia la puerta del andén sin saber bien que hacer en esta larga espera. Es entonces cuando reparo en un diminuto mostrador que hay en un rincón de la estación. Me acerco a él y veo sentado al revisor, que apenas le cabe el sombrero de ferroviario en esa testa tan grande. Parece que el hombre está ocupado haciendo algo en un pequeño escritorio; aún así, le pregunto:

- ¿Sabe usted a qué hora pasa el próximo tren?
Me ignora.
- Disculpe señor ¿Sabe usted a qué hora pasa el próximo tren? -insisto de nuevo-.
El revisor se gira y me mira fijamente con sus duros ojos negros y me dice:
- Cuando usted quiera. -A continuación, se vuelve a girar y sigue con sus ocupaciones-.
- ¿Cómo que cuando yo quiera?
De nuevo, se vuelve a girar con una expresión de mayor irritación (si cabe). -Si señor, el tren pasará cuando usted quiera tomarlo; ni antes, ni después-.

Después de esta desconcertarte conversación vuelvo a salir al andén.

La estación del olvido...
[Fotografía Copyright by Jack©]
Miro las vías del tren, basculo el cuerpo tratando de encontrar la mejor postura para esperar en pie. Me pongo las manos a la espalda... No, así no. Me rasco la cabeza y miro de nuevo al horizonte, buscando a ese tren que estoy esperando. Pongo las manos en los bolsillos de mi abrigo, agacho la cabeza y me resguardo en mis pensamientos.

No sé cuanto tiempo pasé abstraído en mis cabeza, pero de pronto levanto los ojos y veo que frente a mí se encuentra un fastuoso tren de color plata y violeta. Había llegado en silencio. Rápidamente cambio de gesto y observo las filas de vagones, mirando si sale o entra alguien. Me sorprendo de que todas las puertas estén cerradas. Es en ese momento cuando una chica de abrigo morado sale de la estación. Camina sonriente; sin duda tenía el rostro más agradable de los que había visto en la estación. Me acerco a ella corriendo y le pregunto:

- ¿Vas a coger este tren?
- Si -me responde con una dulce sonrisa-.
- ¿A dónde lleva?
- A donde quiera ir.
La chica no deja de sorprenderme por la encantadora expresión de su rostro y por la rotundidad con la que responde a mis preguntas.
- ¿Podría llevarme a mi también?
- No, este tren es solo para mi. Tendrás que esperar a que llegue el tuyo.
- Es que no sé cuando llegará... El revisor dice que cuando yo quiera, pero creo que me está tomando el pelo.
- En absoluto. El tren llegará cuando tu estés preparado para que llegue -a continuación me sonríe y me guiña uno de sus ojos esmeraldas-.

No sabía que responder, estaba confundido.

Ella camina unos pasos, y cuando está junto al tren, la puerta se abre. Sube los peldaños y entra en el vagón. Pero de improviso se para ahí, en la misma puerta del tren, se gira mirándome con ternura y pregunta:
- ¿Has visto las personas que hay en la estación?
- Si.
- Todas ellas están esperando que pase su tren. A veces llega antes, otras llega con retraso. También, para algunas personas, el tren nunca llega y por eso permanecen aquí, perdidas en la estación del olvido. Absortos en sus propios pensamientos, reviviendo una y otra vez sus recuerdos y preocupados únicamente por sus inquietudes personales sin importancia.
- ¿Qué puedo hacer?
Entonces sonrió por última vez y me dijo: -Habla con el espejo. No todos lo hacen, pero es lo mejor que se puede hacer en esta estación-. De pronto la puerta del tren se cerró y el ferrocarril gris y violeta se fue alejando en silencio de la estación.


Ahí estaba: el espejo. En la pared del rincón más alejado de la estación. Me acerqué a él con paso firme, decidido a salir de aquí. Ahora si, en la estación todos miraban como me acercaba. Sus semblante había cambiado, expresaban una mezcla de admiración y miedo; hasta el gato de Cheshire. Finalmente, me planté delante del espejo y antes de poder pensar que hacer, salió de él una profunda voz que me preguntó:

- ¿Estás preparado?
Antes de poder responder, pues siempre he sido un hombre al que le cuesta encontrar las palabras, el espejo sentenció: -No te veo muy convencido de saber la respuesta-.
- A veces hay que pensar bien las cosas para estar convencido de lo que se dice.
- Cierto. Pero sigo sin obtener una respuesta.
- Eso depende de a qué te refieras.
- Preparado para salir de esta estación, evidentemente.
- Si, lo estoy.
- ¿Y por qué crees eso? -protestó el espejo-.
- Porque no quiero estar aquí. Quiero irme y dejar todo esto atrás.
- Es una respuesta simple pero válida. Lo primero para salir de la estación del olvido es querer olvidar. Pero con la palabra olvido no me refiero a esos pequeños descuidos que tenemos todos, ni tampoco a perder la memoria consciente en momentos o cuestiones sin importancia. Me refiero a olvidar como el acto de poder recordar lo bueno y aprender de lo malo.
- Así es.
- Entonces, ¿tú qué has aprendido de lo malo?
- Que tener como oscuros acompañantes a la la decepción, la pereza y el rencor no sirve de nada.
- Cierto ¿Y eres capaz de recordar lo bueno sin que te acompañen estas grises amistades?
- Prefiero aprender, perdonar y superar como compañeras.
- Veo que no tienes miedo de contestarme. La mayoría de los que aún aguardan en la estación no quieren hablar con un espejo sobre el olvido; pero eso si, hablar, hablan mucho.
- Eso es porque detrás de sus palabras está el silencio y detrás del silencio está el olvido.
- No. Esas personas permanecen en la estación del olvido porque no quieren aceptar que la realidad está fuera de aquí. Prefieren vivir pensando que su mundo se reduce a esta estación. Reafirmándose en si mismos, quizás porque se sienten culpables, por orgullo o porque no son capaces de sincerarse consigo mismos. Así que la verdad es que olvidar, no olvidan nada, pues sólo se dedican a evocar sus recuerdos una y otra vez.
- Eso no sirve de nada.
- Por eso tú estás listo para irte.

domingo, 8 de febrero de 2015

Las horas de invierno.

Parece que fue hace siglos cuando miré por última vez al sol mientras se escondía tras el horizonte en la última cálida tarde de otoño. Era finales de octubre y yo me encontraba muy perdido. Fue un momento de dolor que refugié en el paradigma del deber; es decir, en las oposiciones. Desde entonces paso mucho tiempo atrapado entre las cuatro paredes de mi habitación. Mi alcoba es gélida, por lo que no me equivoco al decir que el calefactor Taurus, junto a la bolsa de agua caliente con forma de vaca (no es coña, fue un regalo escogido por mi sobrina), son quienes me dan el calor cuando más lo necesito.

Los días son rutinarios: suena el despertador, el vecino comienza a escuchar a Camela a toda hostia, me levanto para ir al gimnasio, estudiar y por las tardes alguna que otra clase. La academia de oposiciones me ayuda, aunque he de reconocer que le tengo cierta manía, no sé si porque tengo que desplazarme una larga distancia para ir allí, porque tengo la sensación que en ocasiones sé más que los profesores o porque las sillas donde me siento durante toda la tarde son del tamaño de pin y pon. Probablemente todas ellas. Pero no puedo quejarme, el 50% de las clases son buenas, el 25% aceptables y el otro 25% insufribles; le doy un aprobado del 75%, que no está nada mal.

Una de las cosas que más me llama la atención de preparar las oposiciones es que en la academia, calculo aproximadamente, puede haber un 80% de mujeres. No en mi clase, sino en general. Sin duda el siglo XXI es el siglo de la mujer (ya era hora). Siendo más trabajadoras y más inteligentes que los hombres (de media; y no lo digo yo, sino los estudios científicos) no es de extrañar que haya tantas preparando oposiciones. De hecho, si no recuerdo mal, en las universidades españolas están empezando a acercarse al 70% de mujeres universitarias. Por desgracia el machismo sigue presente, no hay más que ver la televisión o leer el periódico para ver que la mayoría de gente "importante" son señores trajeados. Por todo eso deseo mucha suerte a las mujeres opositoras, a ver si dominando el mundo sois capaces de hacerlo mejor que los hombres, cosa que no es muy difícil, ya lo veréis...

Yo no siempre he sido el hombre trabajador que soy ahora. Hace ya tiempo que maduré a fuerza de aprender por experiencia, por eso me esfuerzo todo lo que puedo y más en aquello que realmente merece la pena, tanto a nivel profesional como personal. De este modo, aunque la academia me facilita los materiales para estudiar en las oposiciones, yo los trabajo, los resumo, les junto información nueva y me preparo yo mismo mis temas. Son de elaboración propia. Esto requiere mucho tiempo, pero al final merece la pena, porque haciéndolo, he trabajado tanto el tema que me lo conozco bien y a la hora defenderlo, tengo muchos más argumentos que si me lo hubiese estudiado y ya está.

No obstante también me preocupa la pérdida de tiempo. A veces, es muy difícil centrarme, sobre todo para comenzar a estudiar. Creo que el equilibrio psicológico es uno de los valores más importantes a la hora de estudiar una oposición. No obstante, todos tenemos nuestros dragones interiores y es imposible no tener alguna preocupación: dinero, tiempo, amor, familia, sexo, futuro incierto... Por eso es inevitable darle vueltas a las cosas que nos preocupan, estudiemos una oposición o no. Hay que conocerse a uno mismo, en particular por las debilidades que siempre sufrimos, de este modo, tampoco me preocupo mucho si una mañana de vez en cuando estoy más soñador de lo habitual.

Tengo la suerte de vivir en la costa, por lo que el frío no es demasiado crudo. De hecho, os voy a confesar una de las ilusiones de mi vida y que nunca he vivido (por increíble que os pueda parecer): ver nevar. Aquí, donde vivo, no nevará nunca (más con el cambio climático). Nos conformamos con el clásico sol y playa. Pero me gustaría mirar alguna fría tarde de invierno por la ventana y ver nevar. Bajar a la calle y sentir como cae sobre mi. Supongo que a todos nos hace ilusión aquello que no tenemos.

Así pues, el reloj del invierno avanza implacable. Pero con suerte nos acercamos poco a poco al sol (de nuevo). Por eso, envío un fuerte ánimo a todos aquell@s que como yo están pasando buena parte del invierno encerrados en una fría estancia, estudiando, con la esperanza puesta en el verano. Además, si tienen algún que otro truco de opositor (o de estudiante en general) que me pueda ayudar, lo aceptaré encantado ¡Ah, y si alguien quiera invitarme a algún sitio donde nieve para ver nevar, aceptaré encantado! Que las horas de invierno también se pueden disfrutar mirando por la ventana ¿verdad?

"Por andar por las nubes, uno se olvida del suelo".
[Fotografía Copyright by Jack©]

viernes, 30 de enero de 2015

El Imperio contraataca.

Ayer iba por la calle con mi amiga Cat, que como es un auténtico desastre había perdido su boina favorita e íbamos por las calles haciendo el sentido inverso a su recorrido para ver si la encontrábamos, porque estaba convencida que se le había caído por ahí (al final no la encontramos). Pero lo que si encontré es al amigo de Elara, el mismo con el que ya me crucé hace un par de semanas. Le vi de lejos y él me vio a mi. Sin embargo, conforme me iba acercando él, sacó el móvil y empezó a hablar por teléfono. Íbamos paralelos por la calle, cada uno por su acera. Al cabo de unos segundos Elara salió de una cafetería y avanzó unos metros para encontrarse con él (está casado, no penséis mal). Yo iba justo por la acera de enfrente, a apenas cinco metros de ellos, y  parece que no me vieron, o mejor dicho, no quisieron verme. Es seguro que él la llamó para ver dónde estaba y quien sabe, puede que le dijera que yo estaba en esa misma calle y ella salió para demostrar que tiene huevos (ya os he comentado otras veces que Elara tiene mucho orgullo). Otra vez más me acuerdo porque no quiero andar por las calles del centro.

El caso es que me quedé mirándoles como un gilipollas con la intención de saludarles en cuanto miraran (si, con una sonrisa en la cara y la mano preparada para decirles: ¡Hola!, y si tenía buena acogida, cruzar y hablar con ellos), todo esto mientras mi amiga Cat estaba desesperada mirando a ver si encontraba su boina y no paraba de hablarme (ajena a lo que estaba pasando). Finalmente ellos se metieron en la cafetería mientras nosotros seguíamos andando por la calle. Fueron apenas unos segundos, pero me han dado mucho que pensar porque, precisamente esta semana tenía en mente enviarle un whatsapp a Elara para preguntarle que tal está. Después de esta escena, puede que lo mejor sea que mantenga la dignidad y no le envíe nada. Por un lado me gustaría realmente saber como se encuentra, que le va bien, pero como sus respuestas van a estar medidas y vamos a tener una conversación de lo más vana sin que ella muestre ningún interés en mantener el contacto conmigo, como ha echo en anteriores ocasiones, creo que me invita a no hacerlo ¿Me está poniendo en la tesitura de dejar morir la amistad? Sinceramente, no es lo que quiero.

Tengo que admitir, no sé si fue por la sorpresa o no, pero no me impactó verla, no sentí esa sensación que te aprieta el pecho, lo cual ahora me hace sentir bien. Lo que si me jode es que hace menos de una hora publique en su muro de Facebook un link sobre las 8 diferencias entre terminar una relación a los 18, 25 y 30 años, que va claramente dirigido a hacerme daño. Además de innecesario, lo veo agresivo y despectivo hacia mi persona. Yo no me he comportado de esta forma nunca, tratando de hacerle daño a propósito; es más, me parece infantil. Por desgracia, el Imperio contraataca implacable.


Puede que penséis que estoy demasiado pendiente de lo que hace o publica. No es así, he visto en artículo porque es inevitable que lo vea antes o después. También de no haber pegado un grito desde la acera de enfrente para llamar su atención y la de su amigo, cruzar y saludarles. Pero además de tímido, no soy de los que grita a menudo. Ya puse mi mejor sonrisa para tratar de saludarles desde la acera de enfrente y estoy convencido que me vieron, sobre todo él. Además, lo del link al artículo de hoy que ya os he puesto, es totalmente innecesario; podéis extraer vuestras conclusiones... 

Creo que está claro que está jodida. No sé si porque no le doy coba, porque le ha molestado algo que he hecho (o no he hecho) o bien, sencillamente, porque está cabreada con ella misma. En ese caso debería pagarlo con su orgullo, no conmigo.

Por ahora ya me ha roto la tarde de estudiar las oposiciones. Menos mal que es viernes por la tarde y no me viene mal tomarme un descanso. Como veis, siempre miro el lado brillante de la vida (Always look the bright side of life). Me encanta esta canción de La vida de Brian. Además, me siento bien porque, aunque hecho de menos su recuerdo, Elara ahora es una mujer que me ignora cuando paso por la acera de enfrente... y yo a ella no; ella publica cosas en su muro para hacerme daño y yo no. Seré un gilipollas, si; pero un gilipollas cortés y noble.

"...solo recuerda que la última risa es tuya"

lunes, 26 de enero de 2015

Cuarta Parte: la decisión.

Ahora pienso: ¿Cómo vivir? A lo largo de este mes he hablado de una sensación que nos afecta a todos en algún momento de nuestras vidas. Es ese momento en el cual, tras una ruptura, comienzas a darte cuenta que la vida sigue, que está llena de posibilidades y sólo tu tienes la llave de tu destino. Sin embargo, esta sensación no está carente de efectos negativos. El miedo y los temores interiores vuelven a resurgir.

Desde mi experiencia personal, tal como os he ido contando. Lo primero que surge es la casualidad. He vuelvo a ver que el mundo está lleno de gente para conocer, para disfrutar, en definitiva para vivir. El periodo en el que no quería salir de casa y me pasaba todo el día pensando en Elara ya pasó. Aunque eso no quiere decir que haya superado del todo el desamor, Elara sigue presente como las olas de la playa que van y vienen. Las casualidades de enero hicieron que el 2015 empezara con fuerza, trayéndome a dos gratas "casualidades": Mia y Pelirroja.

No sé si será por mi culpa, también por la suya, o probablemente por ambas cosas, pero en ninguno de los dos casos, al menos por ahora, la realidad supera a las expectativas, como le ocurre a Tom en (500) días juntos (en mi caso fueron 116; si, los he contado). Siempre pueden cambiar las cosas, pero lo que es seguro es que aún quedan muchas casualidades por descubrir.

Las ideas que extraigo de esa primera parte de las casualidades es que hay que relacionarse con el mundo para que me pasen, que son importantes y nos guste o no, determinan nuestra vida. Estoy abierto a las casualidades, y por suerte, estoy dispuesto a descubrir qué me deparan, mirando más allá de la primera imagen y valorando a la gente como se merece. Pero única y exclusivamente soy yo quien aprovecha las casualidades o no, eso me queda claro; la responsabilidad es mía.

Lo segundo que he descubierto es que el corazón, la cabeza y el sexo van cada uno por su lado cuando te sientes solo. Que en mi interior hay nubes y claros. Es una división interna donde cada uno tira para su lado ¿A quién no le gusta sentirse querido o deseado? Pero dejarse llevar por los placeres, cuando la cabeza no está centrada del todo y el corazón aún tiene presente la última herida, no es buena idea. Pero está bien volver a sentir esos pensamientos y sensaciones que hacía tiempo que tenía olvidadas. Los claros dominan el clima frente a la probabilidad de nubes, sin embargo, llegarán esas agradables tormentas de verano cuando el tiempo mejore.

Tras esto, lo tercero que me di cuenta es que ante cada situación nueva que siento o se me presenta, aparece la balanza, ese juicio interior por el cual no dejo de valorar los pros y los contras de las situaciones. Aquí resurge el miedo y el riesgo a tomar decisiones que pueden provocarme más daño, cuando aún no estoy del todo recuperado de las heridas de mi última batalla. Tienen una parte positiva, sirven para ponerme a tono, para reflexionar y sincerarme conmigo mismo, sabiendo exactamente en qué punto me encuentro.

Esta balanza no deja de lado que el pasado sigue ahí. Siempre seguirá ahí. Es más, desde mis primeras entradas dije que no quería olvidar a Elara. Lo que quería era que siguiera formando parte de mi vida, porque quiero tenerla toda la vida en mi corazón como un bello recuerdo. Se convierten en recuerdo aquellos momentos que entendemos su valor. Por eso no voy a dejar que Elara me abandone. Hace apenas unos días, mi amiga Cat, que está en una situación similar a la que estoy pasando yo, me preguntó -¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes soportar que te haya echado de tu vida? Yo no puedo aguantarlo-. Le respondí -Yo tampoco puedo-, que hay momentos en los que saldría a la calle a buscarla allá donde estuviese para rogarle que volviéramos a estar juntos. De echo, ya os conté que le dejé una pequeña flor blanca sobre su coche porque es lo que siempre hacía cuando estaba con ella este verano. Pero aseguré a Cat que ante estas situaciones no hay más remedio que resignarse... que hay que aceptar el fracaso, la derrota; supongo que es inevitable ser débil, sufrir y pensar (y hacer) alguna que otra tontería, como quizás he hecho yo este mes.

No es cuestión de pesar todo en la balanza para no asumir riesgos, para no evitar decepciones. Sino precisamente para valorar las cosas en su justa medida y asumir riegos que el ánimo y la ilusión permitan.

Es precisamente esto que le dije a Cat, unido a la balanza lo que me está haciendo preguntarme últimamente ¿Hice bien con Elara? Realmente mi dignidad de aceptar lo que me expresó, de encajarlo a pesar de no estar de acuerdo y sobre todo creer tan ciegamente lo que me dijo que en ningún momento le manifesté mis sentimientos, como he sufrido en este tiempo o preguntarle si existe la posibilidad de volver, que tal vez he cometido un gran error al ser tan noble, tan digno y resignado, que quizás perdí la última oportunidad de estar con Elara. Imaginar, que me cuesta hasta enviarle un Whatsapp para preguntarle como está, porque no quiero molestarla ni incomodarla. Creo que ella tiene demasiado orgullo para decirme que se ha equivocado, para intentar mantener la amistad y en particular para asumir que valgo mucho y que ha cometido un error dejándome. Puede que no piense esto, pero si lo piensa, su orgullo no la dejará hacer nada y por ende, parece que la carencia de orgullo en mí, tampoco me ha dejado hacer nada.

Sin embargo, me inquieta lo difícil que es perder la esperanza. Podría preguntar a Elara si su decisión es definitiva, aunque llevo desde Navidades sin whatsappear con ella y si lo hago no será para pedirle explicaciones. No me dejó por otra persona o me puso los cuernos, lo cual, evidentemente, pondría todo mucho más claro y carente de esperanza. Aunque me convencieron sus argumentos no dejó clara una respuesta a esta pregunta. Y por eso, mientras no esté resuelto del todo, mientras no quede claro, siempre habrá pie a la esperanza. Podría preguntarle, claro. Pero me atormenta pensar en hacerlo y ponerla en el dilema de darme una respuesta definitiva, que como he dicho, por cuestión de orgullo y para evitar hacerme daño, me diría que no hay esperanza, aunque pensase lo contrario. Yo haría lo mismo. Darme esta respuesta supondría que ya sería definitiva, y por eso no quiero preguntarle.

Ahora, como un explorador, mantengo el rumbo con mi cabeza y algo de corazón. Son la mejor brújula que tengo para seguir avanzando. El 2 de Julio, el día que quedé con Elara por primera vez, nada más acompañarla a su casa lo tuve tan claro... era ella. Fue todo tan perfecto que durante las primeras semanas apenas pude creerme que fuera real y que ésto me estuviera pasando a mi. No es que lo haya idealizado, era así. Todos los días la veía y todos los días eran especiales para mi. Ella sentía lo mismo (No hay nada mejor que ser correspondido ¿verdad?). Me hizo sentirme feliz. Esa es la sensación por la que no quiero olvidarla. También es ese el motivo por el que no quiero usar a las personas como su fueran "quitapenas". Sería deshonroso por mi parte y creo que no me ayudarían en nada. No quiero ilusionar a una persona con palabras si no voy a poder corresponderle con acciones. Prefiero seguir avanzando por el océano, aunque esté sólo, porque sé que tarde o temprano llegaré a tierra firme, a aquella costa en la que encuentre a alguien que me guste de verdad y me corresponda, que me llene, tal como me pasó este verano con Elara, que después de estar con ella la primera vez, vuelva a decir: es ella.

Éste es mi rumbo. Ésta es mi decisión.

En realidad mis "problemas" no son graves; tienen solución. En mi caso sólo hace falta un poco de paciencia, cien gramos de tiempo y unas cucharadas de buenas casualidades que me provoquen emoción y no temor. Porque a veces nos centramos tanto en nuestros propios pensamientos que olvidamos los sentimientos de los demás. No somos los únicos que sufrimos. Aunque este blog me sirva para descargar mi conciencia cada uno de vosotros, de quienes me leéis, tenéis vuestras propias inquietudes, que también merecen ser leídas y escuchadas.

El viernes estuve hablando con mi amiga Diana. Hacía tiempo que no nos veíamos y teníamos que ponernos al día. Cuando llegué a su portal, no dejaba de pensar cómo le iba a contar todo lo que me está pasando últimamente y lo que estoy sintiendo. No quería aburrirla con mis problemas. Pero después de pasar toda la mañana con ella me di cuenta que es egoísta pensar que solo soy yo quien tiene cosas que contar. Ella tenía mucho más de que hablar. De hecho, a su lado, sentí que mis asuntos carecen de importancia, pero sobre todo envidié su estoicismo para afrontar situaciones mucho más complicadas que la mía, para salir adelante, como siempre ha hecho.

Para Diana, para Cat, para todos los que me leéis y para mi, va dedicada esta entrada. Porque sea lo que sea que nos encontremos a lo largo de nuestra vida y sea cual sea las decisiones que tomemos, lo importante es, después de todo, seguir nuestro propio camino, con la mirada optimista puesta en el horizonte por muy difícil que sea la situación, porque todo se supera. Ésa es la auténtica decisión.

"No tratéis de guiar al que pretende elegir por sí su propio camino"
William Shakespeare

sábado, 17 de enero de 2015

Tercera Parte: la balanza.

Después de una ruptura dolorosa se coge miedo. Al principio no le prestas atención, sabes que está ahí, pero uno está más centrado en cerrar la herida que en este sentimiento. Sin embargo, cuando pasa el tiempo y vuelves a relacionarte con el mundo, éste te emociona, te hace sentir bien; y es entonces cuando el miedo se abalanza sobre ti. El que avisa no es traidor. Sabes que aún tienes dentro la herida, que está cerrada, pero sigue doliendo y no quieres volver a sufrir de nuevo. Es entonces cuando hay que enfrentarse a una decisión difícil de tomar: seguir adelante y arriesgarse de nuevo o no. El riesgo está en una balanza que nos sirve para valorar y decidir, para medir el peso del miedo, de aquello que estamos dispuestos a asumir, a ganar y a perder.

Tras las casualidades y las tormentas interiores más o menos fuertes, llega el turno de la reflexión. De sopesar los pros y contras de la o las situaciones que uno vive, siente o puede llegar a hacerlo. También lo es de la sinceridad con uno mismo. Sin esta importante aportación, es imposible que la balanza mida la realidad de forma justa.

Por ejemplo, ya os he hablado de Pelirroja. Esa chica que está interesada en mi y a la que yo estoy también mostrando cierto interés. Pues bien, el miércoles quedé con los amigos para ir al cine para ver Corazones de acero, la última peli de Brad Pitt (malísima, por cierto). Al acabar, nos despedimos y cada uno se fue hacia sus coches. El mío estaba junto a la valla, donde crecía ese peculiar arbusto que da multitud de pequeñas flores blancas, las cuales si chupas el tallo es dulce. Estas flores crecían (y seguirán creciendo, digo yo) en la valla del piso de la playa de Elara; ahí donde pasamos tan buenas tardes de verano. Siempre que pasábamos por delante cogía una de esas flores blancas y se la daba a Elara, o bien se la dejaba dentro de su coche o el mío. De esta forma, el miércoles cogí una y la puse dentro de mi coche; pero, de vuelta a casa, parado en un semáforo en rojo, me di cuenta que un poco más adelante estaba aparcado el coche de Elara (vivimos en el mismo barrio, no es demasiada casualidad). Por lo que paré y se la dejé en el parabrisas. Sentí que ahí es donde debía estar. Así bien, lo que quiero decir con esta historia es que mi balanza lo tiene difícil conmigo. Trato de ser sincero y honesto en mi propio pensamiento, pero esto no lo hace más fácil. No puedo negar que muestro interés por Pelirroja, pero tampoco puedo negar que sigo pensando y queriendo a Elara. Es más, esta semana en la que he estado en la soledad de mi casa me ha producido que tenga la sensación de echar de menos a Elara.

Dicen que ser audaz es una de las mejores capacidades que se puede que tener. Pero claro, es difícil separar la línea roja entre audaz y temerario. Quizás, con esa tontería de la flor, Elara fue a coger su coche el jueves por la mañana temprano para ir a trabajar y la vio, quizás pensó (acertadamente) que era mía -Qué imbécil es...-, o bien podría haber pensado: -Qué detalle. Es genial que se siga acordando de mi-. Claro que también cabe la posibilidad más realista, que ni se haya fijado y la pequeña flor blanca acabase volando sin ninguna trascendencia.

Al día siguiente, durante la última tarde-noche que estuve solo, estaba particularmente azotado por las nubes (ya me entendéis). Para no hacer ninguna tontería decidí salir a pasear un rato por el centro. Las calles grises estaban alumbradas por las tenues farolas, muchas de ellas aún con decoración navideña, persianas que se bajaban y aceras donde apenas había gente que marchaba a sus casas para cenar. De improviso, crucé una esquina y me encontré con un amigo de Elara, me saludó amablemente y conversamos un poco. Fue un encuentro casual; sin embargo, cuando le dejé atrás comenzó a subirme la emoción desde el estómago hasta el pecho. Esa sensación que te aprieta el tórax y que tratas de controlar para no acabar con los ojos sonrojados (aunque creo que no logré evitarlo). En seguida me di cuenta que cruzarme con este amigo de Elara me había traído, en apenas un minuto, multitud de recuerdos. Como flashes, me vinieron a la mente muchos momentos vividos con Elara... la emoción y los recuerdos me desbordaron durante un buen rato.

Así pues, la casualidad y los miedos interiores hacen que debamos enfrentarnos a tomar decisiones, que conllevan más o menos riesgo (siempre lo lleva). Sin servir de precedente y porque sencillamente es perfecta para explicar mi última semana, la resumiré citando una frase del Presidente Mariano Rajoy (aunque parezca más de Groucho): "A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión... que también es tomar una decisión". Finalmente he dedicado la semana a estudiar mucho (¡Viva las oposiciones!), a ir al gimnasio, hacer las cosas de la casa, ir a la academia de oposiciones y poco más. No he quedado con nadie, lo cual puede ser, sinceramente, un poco sombrío por mi parte.

De esta forma, estos días me han servido para comenzar a poner en la balanza qué es lo mejor para mi. No quiero precipitarme y acabar haciendo daño a Pelirroja, por ejemplo. Pero tampoco quiero quedarme anclado en el pasado con Elara y no seguir hacia adelante. Debo tener claro lo que quiero para no acabar haciendo daño a otras personas y a mi mismo. Como dije al principio, sé que las decisiones conllevan riesgo, pues escoger un camino u otro puede ser bastante diferente y por eso son difíciles de tomar. No puedo dejarme llevar por el miedo, claro, pero tampoco guiarme por sentimientos del pasado o irreales.

Pensar en esta balanza me ha planteado una duda muy importante. Acordándome del mito del juicio de la balanza de Osiris, donde Anubis (mal) y Horus (bien) miraban atentamente la balanza en la que el difunto ponía su corazón en un lado y la pluma de la verdad en el otro, así se veía si el fallecido había sido una persona honorable durante su vida o no. De esta forma, poniendo mi corazón en la balanza, sometido al juicio de la verdad, me planteo varias cosas. Durante el tiempo que estuve con Elara sentí cosas que hacía años que no sentía con nadie, aún las sigo sintiendo (aunque con algo de lejanía). Sé que realmente tuve una conexión especial con ella. Elara sigue poniéndose fotos que le hice en el perfil de Facebook y de Whatsapp ¿Es que pretende decirme algo? Quizás, que no me ha olvidado. Puede que la haya "respetado" demasiado, que el hecho de no haberle pedido más explicaciones, ni agobiarla, le haya dado la impresión que me he dado por vencido... y no es así, este blog lo demuestra. No he valorado nunca la posibilidad de "reconquistarla", de decirle que se equivoca, que sigo aquí, lo que aún siento por ella. Claro que, también cabe la posibilidad, de que haya actuado correctamente. Como conté unas semanas atrás, cuando le narré esta Navidad toda la historia a mi amiga Cat, me afirmó rotundamente que Elara se había dado cuenta de su error y que estaba jodida porque no me he "rebajado" a pedirle que volvamos a estar juntos, es más, seguramente le daba la imagen de que yo lo he superado al no "molestarla" en ningún momento (porque la respeto mucho y sé que está muy agobiada con todo); y sobre todo que se había dado cuenta del error que ha cometido.

Sin embargo también está Pelirroja. Es una buena persona e interesante, además, somos del gremio y tenemos gustos bastante parecidos, por lo que podemos hablar de muchas cosas y hacer numerosas actividades juntos. Si sigo adelante con ella, asumo el riesgo y evito el miedo, si me echo para atrás, como he hecho esta semana, le doy más tiempo a la reflexión, pero también puede que pierda tiempo y quien sabe, quizás una gran oportunidad de seguir adelante con mi vida y conocer a una gran persona.

De esta forma, entre unas cosas y otras, me encuentro bajo la atenta mirada de Anubis, quien me mira con sus ojos como el betún, impasible, esperando que el peso de la balanza decaiga hacia su lado, lo que me condenaría a caer en sus garras. O bien, puede que el peso de mi corazón y la pluma de la verdad se igualen, declarándome un hombre virtuoso y honrado. Quien sabe... ahora estoy en las manos de la balanza de Osiris, pero soy yo quien establece el peso de mi corazón.

Continuará en... Cuarta (y última) Parte: la decisión.

La balanza egipcia sopesaba el corazón del difunto
con el peso de la pluma de la verdad.