viernes, 27 de febrero de 2015

Caballo blanco a alfil negro.

Hace algo más de una semana mi amigo Melo me dijo que había visto un reportaje sobre el ajedrez en la televisión y le había "molado" (no dejo de sorprenderme de lo feliz que es la gente de descubrir cosas que ya están descubiertas desde hace siglos, pero bueno... cada uno a lo suyo). Total, que me pidió (estaba super-emocionado) que jugásemos algún día. Esto no es fácil, porque a lo sumo nos vemos un par de veces al mes y solemos estar con otros amigos. Además él es de un pueblo y yo de otro y nuestros horarios apenas coinciden. De ese modo le propuse la idea de jugar al ajedrez a distancia. Maldito el momento. Creo que ya he dicho alguna vez la frase que me suele repetir mi madre: -Nene, de tan bueno que eres, eres tonto-. Continuo con la explicación. El ajedrez a distancia es tremendamente sencillo, él tiene un tablero en su casa y yo en la mía y vamos diciéndonos las jugadas. La única regla que hemos establecido es que se tiene que hacer, al menos, un movimiento al día.

Yo ya había jugado al ajedrez en mis tiempos mozos. Supongo que en aquellos tiernos años de mi vida de adolescente que en vez de dedicarme a tontear con chicas o jugar a la Play Station; leía, soñaba y hacía el atontado la mayor parte del día. Las chicas y los videojuegos no me interesaban; lo primero porque aún no había vencido mi natural timidez y lo segundo porque nunca he tenido una videoconsola. Ahora me alegro muchísimo de que mis padres me hicieran jugar en el parque con otros niños antes que ver dibujos en la tele y comprarme vicioconsolas, aunque si lo hubieran hecho quizás en la adolescencia no habría pasado por un perro verde que no sabe de que va Bola de Dragón (actualmente continuo sin saberlo apenas). Parece ser que por el hecho de tener los genitales por fuera es inevitable ver esa serie de dibujos. Aunque, también parece ser que es inevitable que las nuevas tecnologías terminen formando parte de la infancia del siglo XXI.

De esta forma comencé a jugar con desgana la partida al ajedrez, sin prestarle apenas atención. Será porque últimamente estoy muy liado con las oposiciones y preparando el regalo para mi hermano (un álbum con fotos de toda su vida, que está suponiendo un gran trabajo, además del coñazo que supone que toda mi familia me pregunte cada dos por tres como lo llevo). Sin embargo esta noche, después de estar todo el día estudiando y sin ganas de ver, siquiera, un capítulo de alguna serie o una peli antes de dormir, me quedé mirando el tablero de ajedrez. En mi cabeza comenzaron a surgir jugadas, movimientos, tácticas... pero al cabo de unos minutos cogí el tablero y le di la vuelta. Quería verlo desde su perspectiva, analizar sus movimientos. Fue entonces cuando me di cuenta que había realizado los primeros movimientos como una máquina automatizada, a lo "clásico", con algunos peones por el centro y los caballos... Si miras el tablero parece que las blancas, es decir, yo, tienen ventaja. Sin embargo, me puse a analizar sus piezas y sus movimientos y me di cuenta que estaba totalmente equivocado, me tiene cogido por los huevos.

Paradojas de la vida, una persona sin experiencia en ésto, emocionada con el ajedrez después de descubrirlo a través de un reportaje de televisión, pero eso si, con más tiempo libre que yo, para que negarlo, me ha tomado ventaja en apenas cinco o seis movimientos, aunque parezca lo contrario. Sus movimientos han sido pensados, reflexionados, analizados, pensando en cubrirse unas piezas a las otras, midiendo cada casilla de avance... Sin embargo yo he jugado sin darle importancia.

Esto me ha dado que pensar. No sólo porque quiero que arreglar la situación de la partida, sino por algunas cosas que se pueden derivar del ajedrez a la vida:
  • Primero: A veces nos movemos sin pensar a donde vamos, que queremos hacer o cual es el plan. Vivir alomecagoendiez está muy bien. Carpe Diem, libre como un pajarillo; pero la realidad es otra. En la vida también hay que mover las piezas pensando.
  • Segundo: Siempre tienes a un rival delante, nunca juegas solo. Por tanto, inevitablemente, "lo de fuera" te influye.
  • Tercero: No subestimes a nadie.
  • Cuarto: Si te descuidas, te pierdes la jugada.
  • Quinto: Y si te descuidas aún más te pierdes la partida de la vida.
  • Sexto: Pase lo que pase, siempre puedes sacrificar a un peón (o arriesgar más) para cazar una pieza mayor, si la jugada lo merece, porque es inevitable ir perdiendo piezas conforme avanza la partida.
  • Séptimo: En la vida, como en el ajedrez, no son más importantes aquellos momentos en los que estás moviendo una figura, sino cuando disfrutas viendo que tus piezas están puestas exactamente donde quieres que estén.
  • Octavo: Redescubrir y emocionarse de nuevo, por cosas que has visto en un reportaje de televisión, no tiene nada de malo.

Creo que al final me encomendaré al movimiento de mis queridos caballos y sobre todo de la reina, que será la encargada de salvarle el culo a su marido, el rey, y por ende mi honor. Aunque puede que no... También hay que aceptar la derrota.


miércoles, 18 de febrero de 2015

Esperando en la estación del olvido.

Estoy en un andén gris. No hay nadie allí. Miro a un lado a otro, donde la lejana bruma difumina el final de las vías. Entro en la estación abriendo la puerta de un empujón. Con sólo echar un vistazo veo que aquí se encuentra un variado número de personajes. Algunos me miran, otros no. No les presto mucha atención. Ando unos pasos hasta que me coloco en el centro de la estación sin saber bien hacia donde voy, cuando una señora con un gato entre las manos me dice:

- ¿A dónde vas chico?
- ¿Perdone? -respondo sorprendido-.
- ¿Qué a dónde vas chico? ¿Qué haces aquí? -Se acomoda en la silla-.
- Pues no tengo ni idea...
- ¿No sabes qué tren tomar?
El gato de Cheshire interrumpe la conversación y exclama: -Eso depende en gran medida de a dónde quieras llegar-.
- No me preocupa mucho con tal de salir de aquí y llegar a un sitio mejor.
- En ese caso, poco importa el tren que tomar ¿no? -replicó el gato-.

Continuo caminando por la estación. Dejo atrás a la señora y al gato de Cheshire. Apenas avanzo unos cuantos metros hasta alcanzar la puerta. Está cerrada. Miro por la ventana y observo que fuera tan sólo hay un paisaje monótono y triste. Me vuelvo a girar hacia la puerta del andén sin saber bien que hacer en esta larga espera. Es entonces cuando reparo en un diminuto mostrador que hay en un rincón de la estación. Me acerco a él y veo sentado al revisor, que apenas le cabe el sombrero de ferroviario en esa testa tan grande. Parece que el hombre está ocupado haciendo algo en un pequeño escritorio; aún así, le pregunto:

- ¿Sabe usted a qué hora pasa el próximo tren?
Me ignora.
- Disculpe señor ¿Sabe usted a qué hora pasa el próximo tren? -insisto de nuevo-.
El revisor se gira y me mira fijamente con sus duros ojos negros y me dice:
- Cuando usted quiera. -A continuación, se vuelve a girar y sigue con sus ocupaciones-.
- ¿Cómo que cuando yo quiera?
De nuevo, se vuelve a girar con una expresión de mayor irritación (si cabe). -Si señor, el tren pasará cuando usted quiera tomarlo; ni antes, ni después-.

Después de esta desconcertarte conversación vuelvo a salir al andén.

La estación del olvido...
[Fotografía Copyright by Jack©]
Miro las vías del tren, basculo el cuerpo tratando de encontrar la mejor postura para esperar en pie. Me pongo las manos a la espalda... No, así no. Me rasco la cabeza y miro de nuevo al horizonte, buscando a ese tren que estoy esperando. Pongo las manos en los bolsillos de mi abrigo, agacho la cabeza y me resguardo en mis pensamientos.

No sé cuanto tiempo pasé abstraído en mis cabeza, pero de pronto levanto los ojos y veo que frente a mí se encuentra un fastuoso tren de color plata y violeta. Había llegado en silencio. Rápidamente cambio de gesto y observo las filas de vagones, mirando si sale o entra alguien. Me sorprendo de que todas las puertas estén cerradas. Es en ese momento cuando una chica de abrigo morado sale de la estación. Camina sonriente; sin duda tenía el rostro más agradable de los que había visto en la estación. Me acerco a ella corriendo y le pregunto:

- ¿Vas a coger este tren?
- Si -me responde con una dulce sonrisa-.
- ¿A dónde lleva?
- A donde quiera ir.
La chica no deja de sorprenderme por la encantadora expresión de su rostro y por la rotundidad con la que responde a mis preguntas.
- ¿Podría llevarme a mi también?
- No, este tren es solo para mi. Tendrás que esperar a que llegue el tuyo.
- Es que no sé cuando llegará... El revisor dice que cuando yo quiera, pero creo que me está tomando el pelo.
- En absoluto. El tren llegará cuando tu estés preparado para que llegue -a continuación me sonríe y me guiña uno de sus ojos esmeraldas-.

No sabía que responder, estaba confundido.

Ella camina unos pasos, y cuando está junto al tren, la puerta se abre. Sube los peldaños y entra en el vagón. Pero de improviso se para ahí, en la misma puerta del tren, se gira mirándome con ternura y pregunta:
- ¿Has visto las personas que hay en la estación?
- Si.
- Todas ellas están esperando que pase su tren. A veces llega antes, otras llega con retraso. También, para algunas personas, el tren nunca llega y por eso permanecen aquí, perdidas en la estación del olvido. Absortos en sus propios pensamientos, reviviendo una y otra vez sus recuerdos y preocupados únicamente por sus inquietudes personales sin importancia.
- ¿Qué puedo hacer?
Entonces sonrió por última vez y me dijo: -Habla con el espejo. No todos lo hacen, pero es lo mejor que se puede hacer en esta estación-. De pronto la puerta del tren se cerró y el ferrocarril gris y violeta se fue alejando en silencio de la estación.


Ahí estaba: el espejo. En la pared del rincón más alejado de la estación. Me acerqué a él con paso firme, decidido a salir de aquí. Ahora si, en la estación todos miraban como me acercaba. Sus semblante había cambiado, expresaban una mezcla de admiración y miedo; hasta el gato de Cheshire. Finalmente, me planté delante del espejo y antes de poder pensar que hacer, salió de él una profunda voz que me preguntó:

- ¿Estás preparado?
Antes de poder responder, pues siempre he sido un hombre al que le cuesta encontrar las palabras, el espejo sentenció: -No te veo muy convencido de saber la respuesta-.
- A veces hay que pensar bien las cosas para estar convencido de lo que se dice.
- Cierto. Pero sigo sin obtener una respuesta.
- Eso depende de a qué te refieras.
- Preparado para salir de esta estación, evidentemente.
- Si, lo estoy.
- ¿Y por qué crees eso? -protestó el espejo-.
- Porque no quiero estar aquí. Quiero irme y dejar todo esto atrás.
- Es una respuesta simple pero válida. Lo primero para salir de la estación del olvido es querer olvidar. Pero con la palabra olvido no me refiero a esos pequeños descuidos que tenemos todos, ni tampoco a perder la memoria consciente en momentos o cuestiones sin importancia. Me refiero a olvidar como el acto de poder recordar lo bueno y aprender de lo malo.
- Así es.
- Entonces, ¿tú qué has aprendido de lo malo?
- Que tener como oscuros acompañantes a la la decepción, la pereza y el rencor no sirve de nada.
- Cierto ¿Y eres capaz de recordar lo bueno sin que te acompañen estas grises amistades?
- Prefiero aprender, perdonar y superar como compañeras.
- Veo que no tienes miedo de contestarme. La mayoría de los que aún aguardan en la estación no quieren hablar con un espejo sobre el olvido; pero eso si, hablar, hablan mucho.
- Eso es porque detrás de sus palabras está el silencio y detrás del silencio está el olvido.
- No. Esas personas permanecen en la estación del olvido porque no quieren aceptar que la realidad está fuera de aquí. Prefieren vivir pensando que su mundo se reduce a esta estación. Reafirmándose en si mismos, quizás porque se sienten culpables, por orgullo o porque no son capaces de sincerarse consigo mismos. Así que la verdad es que olvidar, no olvidan nada, pues sólo se dedican a evocar sus recuerdos una y otra vez.
- Eso no sirve de nada.
- Por eso tú estás listo para irte.

domingo, 8 de febrero de 2015

Las horas de invierno.

Parece que fue hace siglos cuando miré por última vez al sol mientras se escondía tras el horizonte en la última cálida tarde de otoño. Era finales de octubre y yo me encontraba muy perdido. Fue un momento de dolor que refugié en el paradigma del deber; es decir, en las oposiciones. Desde entonces paso mucho tiempo atrapado entre las cuatro paredes de mi habitación. Mi alcoba es gélida, por lo que no me equivoco al decir que el calefactor Taurus, junto a la bolsa de agua caliente con forma de vaca (no es coña, fue un regalo escogido por mi sobrina), son quienes me dan el calor cuando más lo necesito.

Los días son rutinarios: suena el despertador, el vecino comienza a escuchar a Camela a toda hostia, me levanto para ir al gimnasio, estudiar y por las tardes alguna que otra clase. La academia de oposiciones me ayuda, aunque he de reconocer que le tengo cierta manía, no sé si porque tengo que desplazarme una larga distancia para ir allí, porque tengo la sensación que en ocasiones sé más que los profesores o porque las sillas donde me siento durante toda la tarde son del tamaño de pin y pon. Probablemente todas ellas. Pero no puedo quejarme, el 50% de las clases son buenas, el 25% aceptables y el otro 25% insufribles; le doy un aprobado del 75%, que no está nada mal.

Una de las cosas que más me llama la atención de preparar las oposiciones es que en la academia, calculo aproximadamente, puede haber un 80% de mujeres. No en mi clase, sino en general. Sin duda el siglo XXI es el siglo de la mujer (ya era hora). Siendo más trabajadoras y más inteligentes que los hombres (de media; y no lo digo yo, sino los estudios científicos) no es de extrañar que haya tantas preparando oposiciones. De hecho, si no recuerdo mal, en las universidades españolas están empezando a acercarse al 70% de mujeres universitarias. Por desgracia el machismo sigue presente, no hay más que ver la televisión o leer el periódico para ver que la mayoría de gente "importante" son señores trajeados. Por todo eso deseo mucha suerte a las mujeres opositoras, a ver si dominando el mundo sois capaces de hacerlo mejor que los hombres, cosa que no es muy difícil, ya lo veréis...

Yo no siempre he sido el hombre trabajador que soy ahora. Hace ya tiempo que maduré a fuerza de aprender por experiencia, por eso me esfuerzo todo lo que puedo y más en aquello que realmente merece la pena, tanto a nivel profesional como personal. De este modo, aunque la academia me facilita los materiales para estudiar en las oposiciones, yo los trabajo, los resumo, les junto información nueva y me preparo yo mismo mis temas. Son de elaboración propia. Esto requiere mucho tiempo, pero al final merece la pena, porque haciéndolo, he trabajado tanto el tema que me lo conozco bien y a la hora defenderlo, tengo muchos más argumentos que si me lo hubiese estudiado y ya está.

No obstante también me preocupa la pérdida de tiempo. A veces, es muy difícil centrarme, sobre todo para comenzar a estudiar. Creo que el equilibrio psicológico es uno de los valores más importantes a la hora de estudiar una oposición. No obstante, todos tenemos nuestros dragones interiores y es imposible no tener alguna preocupación: dinero, tiempo, amor, familia, sexo, futuro incierto... Por eso es inevitable darle vueltas a las cosas que nos preocupan, estudiemos una oposición o no. Hay que conocerse a uno mismo, en particular por las debilidades que siempre sufrimos, de este modo, tampoco me preocupo mucho si una mañana de vez en cuando estoy más soñador de lo habitual.

Tengo la suerte de vivir en la costa, por lo que el frío no es demasiado crudo. De hecho, os voy a confesar una de las ilusiones de mi vida y que nunca he vivido (por increíble que os pueda parecer): ver nevar. Aquí, donde vivo, no nevará nunca (más con el cambio climático). Nos conformamos con el clásico sol y playa. Pero me gustaría mirar alguna fría tarde de invierno por la ventana y ver nevar. Bajar a la calle y sentir como cae sobre mi. Supongo que a todos nos hace ilusión aquello que no tenemos.

Así pues, el reloj del invierno avanza implacable. Pero con suerte nos acercamos poco a poco al sol (de nuevo). Por eso, envío un fuerte ánimo a todos aquell@s que como yo están pasando buena parte del invierno encerrados en una fría estancia, estudiando, con la esperanza puesta en el verano. Además, si tienen algún que otro truco de opositor (o de estudiante en general) que me pueda ayudar, lo aceptaré encantado ¡Ah, y si alguien quiera invitarme a algún sitio donde nieve para ver nevar, aceptaré encantado! Que las horas de invierno también se pueden disfrutar mirando por la ventana ¿verdad?

"Por andar por las nubes, uno se olvida del suelo".
[Fotografía Copyright by Jack©]